SERNA, Mercedes (ed.) (2000; 2007, 5a ed.). Crónicas de Indias. Antología de VV. AA., Madrid: Cátedra; 527 pp. Muchos son los que en más de una ocasión se han preguntado cómo era ese Nuevo Mundo al que llegaron por vez primera los colonizadores hace ahora más de cinco siglos; cómo se sentirían al tener ante sus ojos una realidad tan diferente. Lo poco que conocemos y, por tanto, de inestimable valor nos llega a través de la pluma de los que estuvieron allí o de aquellos que se interesaron por contar las vivencias de terceros al otro lado del océano. Crónicas de Indias ofrece, de esta manera, una valiosa respuesta proveyendo al lector de las diferentes perspectivas de los cronistas para que a partir de las mismas pueda forjar su propio criterio respecto a la empresa colonizadora. Mercedes Serna recoge en su antología fragmentos de esos testimonios -modernizados para facilitar la comprensión del lector- a través de diferentes tipos de documentos, que se extienden desde la narración personal en el diario o la carta, pasando por comentarios, historias y relatos, hasta la descripción formal en la crónica stricto sensu; escritas, no sólo por españoles, sino también por mestizos o indígenas; narradas por los vencedores (claro caso de Hernán Cortés o de Cristóbal Colón) o por aquellos que se pusieron en el lugar de los que lo perdieron todo (Bartolomé de las Casas o Jesús de Acosta), así como por otros que ejercieron de intermediarios entre una cultura y la otra (como es el ejemplo del Inca Garcilaso). La empresa colonizadora fue por encima de todo territorial, consecuentemente, la pretensión de los conquistadores era presentar las Indias como paraíso terrenal a los ojos de los españoles en su afán por transmitir el éxito. Tanto es así que las crónicas de Indias no sólo son una descripción física o de acción en el nuevo continente, sino también un discurso ideológico que muestra las impresiones y actitudes de los que las escriben, sin negar el evidente factor fi ccional que añaden en su elaboración en ese sentido: Atabaliba, con una barra de cobre que una mujer le dio, rompió una gruesa pared del Tambo de Tumibamba y se fue huyendo de Quito [...] y tornó a juntar a su gente y haciéndoles entender que su padre le había convertido en culebra... (Agustín de Zárate, p. 515) A este respecto, es interesante observar cómo se solapan informaciones rigurosas con anécdotas, contenidos populares, supersticiones y hasta especulaciones fabulosas como la señalada, presentando en múltiples ocasiones una notable aura hiperbólica en lo narrado; los diferentes sucesos se relatan a través del cristal distorsionado de los autores a causa de sus diversas intenciones y puesto que una empresa de tal magnitud originaba infinidad de sentimientos en ellos, desde la más profunda admiración o sorpresa hasta la codicia, el ansia de poder o la sed de popularidad y reconocimiento. Fernández de Oviedo posee unas grandes dotes de observación que le llevarán a producir un vasto documento de información gracias a la descripción exhaustiva y a su perspectiva más realista, en comparación con cronistas como Colón, para quien el éxito de la empresa suponía mucho más. Significativo es el testimonio de Cabeza de Vaca cuyo discurso narrativo parte de una postura de enorme pesimismo y desengaño debido a la adversidad que caracteriza su expedición. En su deliberado proceso desmitificador de la conquista, muestra la superioridad del indio frente al español, describiéndolo como un ser de gran astucia, provisto de virtudes que muestran su carácter bondadoso y su humanidad: [...] los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y esto les duró más de media hora. (p. 436) añadiendo episodios interesantes que despiertan nuestra curiosidad por la cultura indígena: [.] nos quisieron hacer físicos sin examinarnos ni pedirnos los títulos, porque ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de él la enfermedad, y mandáronnos que hiciésemos lo mismo y sirviésemos en algo. (p. 441) Varios son los cronistas que ofrecen una imagen del indio en la directiva del mito del buen salvaje: una criatura natural ideal no corrompida por la mezquindad de las sociedades occidentales. Tanto Acosta como de Las Casas aportan testimonios con un marcado tono de censura y un fuerte reproche a la violencia y desinterés de parte de los conquistadores por conocer la nueva cultura, así como una notable defensa del indio, exaltando su ingenio y habilidades: En la provincia de Yucatán, donde es el obispado que llaman Honduras, había unos libros de hojas a su modo encuadernados o plegados, en que tenían los indios sabios la distribución de sus tiempos y conocimiento de plantas y animales y otras cosas naturales y sus antiguallas, cosa de grande curiosidad y diligencia. (Acosta, p. 417) Este acercamiento caracteriza también la narración de Cieza de León, con una gran capacidad historiadora para recomponer datos a partir de las historias recogidas de los indios. Al igual que Garcilaso tratará a los indígenas con gran respeto: «me pareció cosa justa decir algo de ellos en este lugar, para que los lectores sepan lo que estos señores fueron, y no ignoren su valor ni entiendan uno por otro» (p. 510). En el polo opuesto, cronistas como López de Gómara o Zárate dan muestra de un gran desprecio hacia el indígena, al que consideran un ser inferior e ignorante. Esta mentalidad cargada de prejuicios se observa sobre todo en el caso de Gómara en su descripción de episodios de la vida cotidiana: «Casa cada uno con cuanto quiere o puede, y el cacique Behechio tenía treinta mujeres [...]. Todas duermen con el marido, como hacen muchas gallinas con un gallo en una pieza» (p. 204), o en el capítulo que dedica exclusivamente al Desollamiento de hombres (pp. 412-415). A pesar de las diferencias mencionadas, todos ellos coinciden, sin embargo, en su manifiesta admiración por la belleza y fertilidad de las nuevas tierras. Interesante es, en este sentido, el uso de la comparación en su intento de exaltar ese esplendor y hacer una fiel descripción de la nueva realidad de la forma más acertada: Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife, todas hermosísimas, de mil hechuras, y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo. Y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprender, que los vi tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España. (Colón, 119) Ciertamente, cada uno de los cronistas presenta una visión muy particular del Nuevo Mundo, sin embargo, esta diversidad de opiniones es esencial para interpretar el contexto en el que la colonización se llevo a cabo, pues, procura, en su conjunto, un valioso documento sobre la realidad americana, sus tierras y las personas que las habitaban. Un libro cuyos testimonios no sólo son relevantes para estudiosos sino que sobrecogen a cualquier lector, avivando su curiosidad y dando forma a ese mundo imaginado. María Pilar Sanchis Cerdán